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La "encuesta" es un método muy del día. Método para auscultar, para conocer la opinión de las gentes. La encuesta registra y toma nota de los avatares del "cuerpo social". Hoy se someten a encuesta mil cuestiones, como se someten cientos de individuos al "chequeo", cuyos resultados diagnostican, en todo caso, una normalidad o anormalidad de la salud.
Es inútil la encuesta para saber qué piensa la gente. Lo malo —y lo absurdo— empieza cuando la terapéutica social, a la vista del resultado de la encuesta, en lugar de combatir cualquier anormalidad que asoma, se limita a obrar de acuerdo con tal anomalía. Es como si el médico, cuando el "chequeo" delata, por ejemplo, el peligro de una trombosis coronaria se dedicara a decir:
Mire; hay el riesgo de una trombosis. Sus arterias se empeñan en que la enfermedad se produzca. Las arterias son ya mayorcitas. Mayorcitas de edad. Su razón tendrán cuando se deciden a esto. Dejémoslas obrar...
Bien; las encuestas que registran un desconcierto, una confusión y —lo que es peor— un "cuadro clínico" alarmante del cuerpo social, debieran producir en el ánimo de los encuestadores una actitud de defensa. Defensa ante el peligro. Por lo general, no es así. La democracia lo impide (La democracia es "tabú"). Si la mayoría estima que es lógico lo que la minoría califica de disparate, hay que tener mucho cuidado, y no oponerse a la mayoría. La "dignidad humana", la "conciencia" de cada persona es el único valor. Los demás "valores" no lo son sino en función del único positivo valor: "La dignidad del hombre".
Y es de esta manera como asistimos al espectáculo —a lo largo y a lo ancho del planeta— de la derogación de los valores. De los valores a los que —para escarnio— se les rotula de "tradicionales". Porque para un valor, el letrero de "tradicional" es como el "Inri" para la Cruz del Señor.
¿Qué ha pasado para que ya no "sirvan" los perennes valores de la Fe, de la Fidelidad, de la Obediencia, de la Piedad? Se arguye —es curioso...— que, como el hombre ha llegado a la Luna, y que como los conmutadores electrónicos sustituyen ciertas operaciones del hombre, ya no hay por qué creer en Dios y obedecer a los padres. ¡Estupenda salida! (Si faltan ajos, en mi casa hay cebollas...). Pero la verdad —seamos sinceros— no es esa. No ha pasado, realmente, otra cosa sino que la gente, azuzada lastimosamente por ciertas individualidades de rango, comienza a poner en solfa todas las virtudes "antiguas". No ha pasado sino que nos hemos decidido a hacer tabla rasa de la Norma y de la Ley. Estamos "alienados", totalmente "alienados" por el. dios nuevo: por la democracia. La democracia es el opio del siglo XX. La democracia quiere fundar, no ya un estado nuevo, sino una familia nueva y una iglesia nueva. Toda enseñanza magisterial, venga de donde venga, usurpa según la democracia —cuya desembocadura natural es la anarquía— nuestros derechos. Mis derechos y mis deberes —piensa el anarco-demócrata— son míos: yo me los guiso y yo me los como.
Claro está que el demócrata sensato me contesta: "No caricaturicemos, por Dios. El hombre es mayor de edad. Tiene responsabilidad. Sabe que lo que conviene. Está maduro". Y yo le contesto: Naturalmente; está maduro. Tan maduro como las viejas arterias coronarias, responsables del corazón. Y él me contesta: No es lo mismo. La gente sabe con razones lo que prefiere. Y yo le arguyo: Claro está que lo sabe. ¿Hacemos la prueba? ¿Constatamos que los valores que estima la gente en estado de libertad son los valores auténticos? Mira; haz esta encuesta. Di a un grupo de cien personas —incluidos hombres de carrera— que, sinceramente, sin convencionalismo, te pongan en un papel, por orden de preferencia, diez nombres famosos. Verás como primero aparecen el "Cordobés" o "Urtain". Verás que atrás en la lista quedan, si es que aparecen, Pablo VI o Uthan. Pregunta luego qué suceso de la actualidad esperan con más impaciencia. Comprobarás cómo se aguarda con más desasosiego el partido entre los Atléticos que el arreglo del Vietnam.
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